Rubén Almada tiene una lancha de cuatro metros y medio con motor Yamaha 40 hp que usa para pescar en el Paraná, cerca de Victoria. La compró usada hace tres años por 4500 dólares y le metió otros mil en arreglos menores, pintura del casco y una ecosonda Garmin que le regaló su cuñado. En total tenía invertidos unos seis mil dólares en esa embarcación, que es su herramienta de trabajo porque vende pescado a restaurantes de la zona y hace salidas de pesca deportiva los fines de semana cuando consigue clientes. En enero de este año, a las cuatro de la mañana, alguien cortó la cadena del amarre en la guardería donde dejaba la lancha y se la llevó río abajo. A las diez de la mañana Almada ya la tenía de vuelta, con el motor intacto y apenas un rayón en la proa donde los tipos la habían golpeado contra algo al cargarla.
La recuperación fue posible porque seis meses antes Almada había instalado un rastreador GPS escondido debajo de la consola de mandos. El dispositivo le costó 90 dólares y paga una cuota mensual de 8 dólares por el servicio de localización. Cuando me contó la historia en el muelle de Victoria, todavía no podía creer que la inversión le hubiera rendido tan rápido. "Yo lo puse por las dudas, porque venía escuchando que estaban choreando motores en la zona y no quería quedarme a pata", me dijo mientras limpiaba unos bogas que había sacado esa mañana. "Nunca pensé que me iba a tocar a mí".
El robo de embarcaciones y motores fuera de borda es un problema viejo en el litoral argentino. En la zona de Misiones hay denuncias de al menos diez motores robados en menos de un año, y las sospechas apuntan a organizaciones que los cruzan a Paraguay para desguazarlos o venderlos enteros. Hasta a Prefectura le robaron una lancha en 2023, que apareció desmantelada del otro lado del río. Los clubes náuticos pagan vigilancia privada y los robos siguen. Las guarderías tienen cámaras pero los tipos actúan de noche, con la cara tapada, y para cuando alguien revisa las grabaciones la lancha ya cruzó la frontera. El problema es que una vez que el motor sale del país, recuperarlo es casi imposible.
Almada se enteró del robo cuando lo llamó el encargado de la guardería a las seis de la mañana. Lo primero que hizo fue abrir la aplicación del rastreador en el celular. La lancha estaba moviéndose por el río, a unos quince kilómetros de Victoria, en dirección al norte. Llamó al 911 y le pasó la ubicación exacta a la operadora, que derivó el caso a Prefectura. "Me dijeron que me quedara donde estaba y que ellos se encargaban", me contó. "Yo quería salir a buscarla con el bote de un amigo, pero me dijeron que ni se me ocurriera porque podía ser peligroso". La lancha siguió moviéndose durante otra hora y después se detuvo en un islote cerca de la costa entrerriana. Ahí se quedó quieta.
Prefectura tardó unas cuatro horas en llegar al lugar porque tuvieron que coordinar con personal de otra dependencia que estaba más cerca. Cuando llegaron encontraron la lancha amarrada entre los árboles, cubierta con ramas y una lona. Los ladrones no estaban. Probablemente vieron venir la patrulla y escaparon por tierra. El motor seguía en su lugar, la ecosonda también, y lo único que faltaba era una caja de herramientas que Almada tenía guardada en el tambucho. "Me la devolvieron esa misma tarde", me dijo. "Firmé unos papeles, me sacaron fotos a la lancha para el expediente y me la llevé navegando hasta la guardería".
Un técnico de gestión de flotas de GPSWOX que trabaja con embarcaciones en la zona del Delta me explicó que el perfil de cliente náutico viene creciendo fuerte en los últimos años. No son solo los dueños de cruceros caros los que ponen rastreadores. Pescadores artesanales, operadores de turismo fluvial, gente que tiene una lancha chica para salir los domingos. "Un motor fuera de borda de 40 hp puede costar entre 5000 y 8000 dólares dependiendo de la marca y el modelo", me dijo. "El rastreador sale menos de 100 dólares y la cuota mensual es lo que te gastás en nafta para ir a comprar el pan. No tiene sentido no ponerlo".
El encargado de la guardería donde Almada deja la lancha prefirió no dar su nombre pero me confirmó que después del incidente otros tres clientes le preguntaron qué sistema usaba Almada y fueron a comprar el mismo dispositivo. La guardería tiene cámaras y candados en los portones, pero el tipo reconoció que eso no alcanza. "Las cámaras te sirven para ver cómo te robaron, no para evitarlo", me dijo. "Y los candados los cortan en treinta segundos con una amoladora". Los rastreadores, en cambio, les dan a los dueños la posibilidad de actuar rápido. "Si la lancha se mueve de donde la dejaste, te salta una alerta en el teléfono. Podés llamar a Prefectura en el momento, no al otro día cuando ya está en Paraguay".
Almada ahora deja el rastreador prendido las veinticuatro horas y configuró alertas de movimiento y de zona. Si la lancha sale de un radio de quinientos metros alrededor de la guardería, le llega una notificación al celular. También le llega si se enciende el motor o si la batería del dispositivo baja del veinte por ciento. Me mostró la aplicación en su teléfono mientras hablábamos. La lancha aparecía como un punto verde en el mapa, quieta en el muelle exactamente donde la habíamos visto al llegar.
Lo que más le llamó la atención a Almada de todo el episodio fue la velocidad de la recuperación. "Yo pensé que si me robaban la lancha, la perdía", me dijo. "Que iba a tener que ir a hacer la denuncia, esperar meses, y al final no aparecía nada. Seis horas después ya la tenía de vuelta. Eso no me lo esperaba". Los ladrones nunca aparecieron y el expediente sigue abierto, pero Almada no tiene muchas esperanzas de que los agarren. Lo que le importa es que su herramienta de trabajo está de vuelta en el agua y que si alguien intenta llevársela otra vez, va a saber exactamente dónde buscarla.